Cuando el Lenguaje También Resuelve: Por qué los MASC no Deben Seguir Hablando Como si Fueran un Juzgado
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FORUM NEWS.- Hay cosas que en el derecho tardamos demasiado en darnos cuenta, probablemente porque estamos demasiado acostumbramos a ellas. Una de esas cosas es el lenguaje. Pero no hablo del discurso teórico del lenguaje, sino de algo mucho más sencillo y más cotidiano: la manera en que una institución le escribe a su gente.
En el día a día, esto no es menor. Un oficio, una invitación, una solicitud de información o una comunicación de seguimiento pueden parecer actos de mero trámite. Pero no lo son. En muchas ocasiones, ese documento es el primer contacto real entre una persona y una institución. Ahí empieza a formarse la percepción: si se encuentran frente a un verdadero espacio de dialogo, de escucha, un lugar donde se explica, se acompaña, o bien, si se trata de otra institución más donde el expediente pesa más que la persona. Dónde se les trata como un número de un trámite más.
Lo anterior, cobra especial fuerza cuando hablamos de los mecanismos alternativos de solución de controversias.
Desde hace tiempo he observado que en algunos espacios de MASC seguimos arrastrando una manera de escribir que no corresponde con la naturaleza de estos procesos. Hablamos de flexibilidad, de consentimiento informado, de participación, de construcción de acuerdos, de buena fe, de principios y valores. Pero cuando llega el momento de redactar, aparece otra voz. Una voz más cercana al proveído, al requerimiento, a la prevención, al acto que se emite solo para dejar constancia formal en los expedientes sin pensar si el mensaje será verdaderamente comprendido.
Y ahí algo se rompe.
No porque el lenguaje jurisdiccional sea incorrecto. Tiene su sitio, su función y su lógica. Quien ha trabajado años en tribunales sabe bien por qué existe ese modo de escribir. Lo que ocurre es que no todo espacio institucional debe hablar con el mismo tono. Un tribunal resuelve controversias desde una posición de autoridad formal. Un centro de MASC, aun siendo parte del entramado institucional del Estado, necesita abrir otro tipo de relación con quienes participan. Necesita informar sin intimidar. Solicitar sin endurecer. Explicar sin perder seriedad y firmeza. Dar certeza sin esconderse detrás de fórmulas heredadas.
Dicho de manera simple: no basta con que los MASC tengan reglas distintas; necesitan una voz distinta.
Lo que se ve en algunos abordajes lo confirma. Expresiones como “se da cuenta”, “gírese atento oficio”, “a efecto de hacer de su conocimiento”, “se advierte”, “notifíquese” o “para los efectos conducentes” pueden parecer normales en la cultura jurídica tradicional. Y lo son. El tema es que, en un contexto de justicia alternativa, muchas veces producen el efecto contrario al que por naturaleza debemos de buscar. En lugar de abrir brecha, lo endurecen. En lugar de generar disposición, activan las defensas. En lugar de hacer sentir a la persona que está siendo orientada, le hacen sentir que ya entró, una vez más, a un terreno que habla un idioma alienígena.
Ese punto no es una ocurrencia de mi parte. Por ejemplo, John Lande, profesor emérito de la Universidad de Missouri, publicó en 2025 un texto muy sugerente sobre el uso del lenguaje en el campo del dispute resolution. Su advertencia de fondo es simple pero muy poderosa: el lenguaje afecta la forma en que las personas piensan y actúan, y en este ámbito debería evitar confusión, ambigüedad y barreras innecesarias. Dicho de otra forma, un campo que pretende mejorar la comunicación no puede darse el lujo de comunicar mal.
La anterior postura vale la pena traerla a nuestro medio porque toca una fibra muy concreta. En los MASC no solo importa el contenido jurídico de la comunicación. Importa también la experiencia que esa comunicación produce. Y eso, en ocasiones, se subestima o se olvida.
No es lo mismo decirle a una persona “deberá comparecer” que decirle “puede acudir” o “se solicita atentamente que acuda”. No es lo mismo escribir “manifieste su conformidad con la tramitación del mecanismo” que “informe si desea participar”. No es lo mismo leer “no obra en autos constancia alguna” que leer “hasta este momento no se cuenta en el expediente con esa información”. El fondo puede ser jurídicamente equivalente. Pero lo que cambia es la forma en que una institución se coloca frente a la persona.
Y en justicia alternativa esa diferencia importa.
Importa porque los MASC no funcionan solo con plazos, reglas y formatos. Funcionan con confianza, con comprensión suficiente del proceso y con la sensación de que la institución no está levantando un muro innecesario desde el primer contacto. Cuando eso no ocurre, lo que termina pasando en los expedientes es que los ciudadanos llegan con reservas, con cautela excesiva o simplemente muestran desinterés. Y no porque no quiera participar, sino porque la institución le habló como si ya estuviera siendo emplazada a juicio.
Por eso el debate sobre el lenguaje no es inocuo. No se trata de redactar documentos “más bonitos” o “más modernos”. Se trata de coherencia. Si un centro público de MASC existe para facilitar diálogo, gestionar desacuerdos, orientar a las partes y crear condiciones para una salida construida con mayor participación, pensando en el bienestar y necesidades de las partes y en su relación futura, entonces su forma de comunicar no debería sonar como si estuviera replicando, sin querer, la música de un juzgado.
Hay ejemplos muy claros de cómo una palabra arrastra una forma de ver el conflicto. El propio Lande nos habla de uno que me parece especialmente ilustrativo. Cuestiona el uso de la expresión “opposing counsel”, porque presupone una relación de oposición permanente entre abogados que, en la realidad, muchas veces también cooperan, conversan, construyen salidas y ayudan a ordenar un conflicto. Propone, en cambio, una expresión menos cargada y más precisa: “counterpart attorneys”. En ese sentido, critica con razón: “failure of mediation”. Llamarle así a un procedimiento donde no se llegó a un acuerdo o convenio equivale a suponer que el único éxito posible era concluir el proceso así. Olvidan que a veces el valor del proceso estuvo en aclarar el problema, bajar la intensidad del conflicto, delimitar lo discutible o permitir que las partes tomaran una decisión informada, incluso si no firmaron un convenio ese día.
Esa visión extranjera sirve para mirar algo muy nuestro: muchas palabras jurídicas no solo describen. También predisponen. Construyen un clima o una atmósfera. Marcan un lugar. Definen si la otra persona se siente escuchada o solo administrada.
En el día a día de los tribunales, esto se entiende muy bien. Un acuerdo puede estar impecablemente fundado y motivado, pero si está redactado de manera innecesariamente compleja, termina alejando a quien tendríamos que acercar por medio de la comprensión. En un centro de MASC ese problema se vuelve más delicado, porque aquí la calidad del proceso depende, en gran medida, de que las personas entiendan dónde están paradas, qué se espera de ellas y cuál es el sentido de la comunicación que reciben.
Hablar claro no debilita a la institución. La fortalece.
Usar un lenguaje más humano no le quita seriedad al derecho. Le devuelve utilidad.
Explicar con sencillez no banaliza el procedimiento. Lo vuelve accesible.
A veces en el foro jurídico seguimos atados a la idea de que la formalidad está peleada con la claridad. Como si un documento solo pudiera ser serio si conserva ciertas palabras obsoletas, ciertas frases pomposas, cierto tono de solemnidad que, en el fondo, ya no siempre comunica mejor. Conozco casos de que el esfuerzo por aparentar conocimiento de lo técnico los empuja a utilizar palabras en desuso o bien que no siquiera aplican al contexto. Esa idea necesita revisarse. No para desjuridizar los actos ni para convertir la comunicación pública en un lenguaje coloquial fuera de lugar, sino para distinguir entre lo que el derecho exige y lo que la costumbre repite “porque siempre se ha hecho así”.
Hay fórmulas que, por hábito, se siguen usando aunque ya no aporten demasiado: “en otro orden de ideas”, “a efecto de”, “para los efectos conducentes”, “gírese”, “se advierte”, “comparecencia”, “de no existir inconveniente”. No son expresiones prohibidas ni incorrectas. Pero en un modelo de comunicación más acorde con los MASC podríamos ceder a otras más directas y comprensibles: “además”, “para”, “para continuar con el trámite”, “envíese”, “se observa”, “acudir”, “si es posible”. Parece un cambio pequeño, pero no lo es. Lo que está en juego no es el gusto por una palabra u otra. Lo que está en juego es la cultura institucional que esas palabras sostienen.
Al final, una institución también revela su idea de justicia por la manera en que escribe.
Si escribe solo para cubrir una formalidad, eso se nota.
Si escribe pensando en que la persona entienda, eso también se nota.
Si escribe para dejar claro que hay fundamento, pero también disposición de orientar, el documento cambia de tono, y con ello cambia la puerta de entrada al proceso.
En tiempos en que hablamos tanto de acceso a la justicia, convendría tomar muy en serio esto. Porque el acceso no empieza únicamente cuando se abre una sesión o cuando se admite una solicitud. Empieza antes. Inicia cuando una persona recibe un documento y puede comprender, sin esfuerzo extraordinario, qué le están diciendo, por qué se lo están diciendo y qué puede hacer a partir de ahí.
Eso vale para cualquier rama del derecho, pero en los MASC creo es una exigencia ética. No solo porque estos mecanismos descansen exclusivamente en la comunicación, sino porque su legitimidad práctica depende de que las personas no sientan que han sido trasladadas a una versión solo un poco menos solemne de un litigio, sino que en términos reales se encuentran en un espacio genuinamente distinto.
Ese es, quizá, el reto que tenemos por delante: construir una voz institucional propia para la justicia alternativa. Una voz jurídicamente sólida. Con fundamento. Con orden y seriedad, por supuesto. Pero al mismo tiempo clara, cercana, sobria y comprensible. Una voz que no trate a las personas como si estuvieran frente a un examen de conocimientos. Una voz que sepa que facilitar también es traducir, explicar y nombrar mejor.
Porque hay conflictos que no empiezan a escalar cuando alguien demanda. Empiezan mucho antes, cuando nadie entendió a tiempo lo que la institución quiso decir. Y a veces, lo que parece solo un problema de redacción es, en realidad, una forma silenciosa de distancia social.

